miércoles, 11 de abril de 2012

Siluetas Difusas


Un mundo de siluetas difusas esboza mi memoria.
Un mundo perdido en las tinieblas del olvido, del dolor. Borrosas imágenes del pasado llegan a mi mente sin poderlas atrapar ni un solo instante. Son fantasmas furtivos, solo fantasmas sin morada como fotogramas velados, casi imperceptibles. Familiares y a la vez desconocidas.
Vuelvo a ellas. Una y otra vez. No las reconozco .
_”Haga un esfuerzo. Debe recordar.”
_ “Recuerde, por favor,  recuerde”._
Esa voz imperativa, penetrante, inquisidora. Altera mis sentidos, acelera mi corazón, un sudor frío ,pegajoso recorre mi cuerpo encerrándolo en una desolada noche de invierno.
El viento helado se filtra por el vidrio roto de la ventana.Enfría mi rostro, arrasa cuanto encuentra a su paso. Arrasó conmigo misma.
No sé quién soy, ni como me llamo, qué hago aquí, de dónde vengo, hacia dónde voy. Vacío en mi interior y afuera  un mundo temerario, de  ruidos ensordecedores, gente sin rostro, que quizá tampoco sepan hacia dónde van.


Dicen que hace días estoy aquí, que me niego  a colaborar.Permanezco sentada ,con la mirada perdida, frente a la ventana que da al jardín trasero.
Añosos árboles entrecruzan sus ramas semi desnudas en el cielo gris, plomizo, amenazante y frío.
El pasto crece descontrolado y libre en olvidados canteros de cemento bordeando un camino de rotas baldosas que, al bifurcarse conduce a la entrada principal de diferentes pabellones. Grises ,oscuros, de altas paredes enmohecidas  y  revoques a medio caer. Sus ventanas misteriosas, enrejadas, sin vida no traslucen movimiento alguno, sucios vidrios las tornan esmeriladas.
Imagino tras ellas sigilosas sombras habitando cuerpos sin almas, como el mío.
Mi mirada se distrae  por el ruidoso paso del tren sobre el puente de hierro.
Vuelvo. A lo lejos, ese jardín donde  gatos y roedores conviven en espacios y tiempos preestablecidos. Latas y desperdicios esparcidos le dan color al escaso pasto que sobrevive en este mundo de olvido. Un mundo olvidado. Circunbala su perímetro un muro gris sin horizonte.
Miro por la ventana. El vidrio está roto. A veces no siento frío. Ese paisaje impregna diariamente mi retina. Busco algún retazo de historia que pueble mi memoria. Mis sentidos se detienen en este mundo nuevo que habito. Lo rechazo y me seduce a la vez


Dicen que hace tiempo estoy aquí.
Me encontraron una fría y soleada mañana de Agosto durmiendo en un banco del Rosedal, cubierta con una capa de paño.
Tardé en despertar. El guardián dió parte a la policía. Sirenas ensordecedoras se acercaban mientras en mi interior vibraba fuertemente  una  estampida de disparos, como si yo misma los ejecutase.
Pidieron  mis documentos. No tenía. Preguntaron mi nombre. No lo recordaba. Domicilio. Desconocía mi procedencia. 
 -“Sra. debe acompañarnos”-.
No opuse resistencia. Un fatigoso interrogatorio y un destellante flash plasmaron mi nueva identidad: “N.N”
Desperté sobre una camilla vestida  con un trajecito  rosa Chanel, zapatos de taco negro de fina cabretilla y una blusa de seda.
Voces, murmullos, imágenes borrosas. Mi mente era un blanco sin registro alguno. Resonaban en mis oídos dos fuertes impactos de arma de fuego y ese sudor frío, pegajoso, nuevamente recorría mis sentidos.
Miré a mi alrededor. Una habitación gris, lúgubre, despojada de identidad alguna era mi nueva morada.
Me levanté, dirigiéndome hacia la ventana. Da al jardín trasero. Gruesas rejas la separan del exterior. Quise revelarme. Huir. Traspasé el vidrio con un fuerte golpe de puño. La sangre saltó a borbotones, coloreando mi ropa y cuanto estaba alrededor.
No sé cuanto tiempo dormí, no sé si es un sueño, no sé quién soy.


Dicen que he perdido la memoria. Solo resta esperar. Esperar que ese mundo de siluetas difusas, oscuras que me habitan ,dejen entrar la luz.
Diariamente se repite la cita con el psiquiatra. Me siento frente a él. Lo miro. Me mira. Toma su carpeta, la abre y repite lo ya dicho. Pregunta aquello que no tengo respuesta alguna.
Vuelvo a la habitación. Me siento frente a la ventana. Tiene el vidrio roto todavía, pierdo la mirada largas horas  frente a ella.
No sé cuanto tiempo ha pasado, quizá haya envejecido. Sí sé que decidí morir bajo una de las múltiples formas de hacerlo: permanecer en mi cuerpo vacío, mi alma se ha ido hace mucho tiempo. Él carece de huellas, de rastros, de registros ,de memoria. Mis ojos silenciosos observan esos  fantasmas ya familiares.
Anoche tuve un sueño. Lo recuerdo con tanta claridad como si hubiera estado allí:
“Una tarde de Agosto, llegué a mi casa más temprano del horario habitual. Me sentía feliz, la noticia tan esperada se había confirmado. Deseaba estar deslumbrante. Subí a mi cuarto. Abrí la puerta…Ahí estaban sobre la cama: entrelazados, desnudos, en un coito inseparable, traicionero, desgarrador. 
Sus rostros desencajados, sus miradas desorbitadas, sus cuerpos inmóviles. 
Mi amado Juan y Ana .
Mi marido y mi única hermana.
La sangre  se deslizaba lentamente. Un débil hilo llegó hasta mis zapatos de taco de cabretilla negra dejando una mancha casi imperceptible.
Pausadamente, sin molestarlos, abrí el placard. Saqué la blusa de seda negra italiana, que él me había regalado en el último viaje. Me la puse, deslizándose con dificultad por mi  torso húmedo empapado de un sudor frío, pegajoso.
Descolgué el trajecito rosa Chanel, aún estaba con la funda de la tintorería. Es el que mejor me queda, protagonista silencioso de importantes momentos. Me lo puse. Miré mi figura en el espejo, retoqué el rouge de mis labios.
Abrí la otra puerta del placard. Tomé la capa de paño, la acomodé prolijamente en mi brazo izquierdo .
Al llegar a la planta baja prendí el último botón del saco frente al espejo del ascensor…”


                                                                                                        Septiembre de 2001






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