Un mundo de
siluetas difusas esboza mi memoria.
Un mundo
perdido en las tinieblas del olvido, del dolor. Borrosas imágenes del pasado
llegan a mi mente sin poderlas atrapar ni un solo instante. Son fantasmas
furtivos, solo fantasmas sin morada como fotogramas velados, casi
imperceptibles. Familiares y a la vez desconocidas.
Vuelvo a
ellas. Una y otra vez. No las reconozco .
_”Haga un
esfuerzo. Debe recordar.”
_
“Recuerde, por favor, recuerde”._
Esa voz
imperativa, penetrante, inquisidora. Altera mis sentidos, acelera mi corazón,
un sudor frío ,pegajoso recorre mi cuerpo encerrándolo en una desolada noche de
invierno.
El viento
helado se filtra por el vidrio roto de la ventana.Enfría mi rostro, arrasa
cuanto encuentra a su paso. Arrasó conmigo misma.
No sé quién
soy, ni como me llamo, qué hago aquí, de dónde vengo, hacia dónde voy. Vacío en
mi interior y afuera un mundo temerario,
de ruidos ensordecedores, gente sin
rostro, que quizá tampoco sepan hacia dónde van.
Dicen que hace días estoy aquí, que me niego a colaborar.Permanezco sentada ,con la mirada perdida, frente a la ventana que da al jardín trasero.
Dicen que hace días estoy aquí, que me niego a colaborar.Permanezco sentada ,con la mirada perdida, frente a la ventana que da al jardín trasero.
Añosos
árboles entrecruzan sus ramas semi desnudas en el cielo gris, plomizo,
amenazante y frío.
El pasto
crece descontrolado y libre en olvidados canteros de cemento bordeando un
camino de rotas baldosas que, al bifurcarse conduce a la entrada principal de
diferentes pabellones. Grises ,oscuros, de altas paredes enmohecidas y
revoques a medio caer. Sus ventanas misteriosas, enrejadas, sin vida no
traslucen movimiento alguno, sucios vidrios las tornan esmeriladas.
Imagino
tras ellas sigilosas sombras habitando cuerpos sin almas, como el mío.
Mi mirada
se distrae por el ruidoso paso del tren
sobre el puente de hierro.
Vuelvo. A
lo lejos, ese jardín donde gatos y
roedores conviven en espacios y tiempos preestablecidos. Latas y desperdicios
esparcidos le dan color al escaso pasto que sobrevive en este mundo de olvido.
Un mundo olvidado. Circunbala su perímetro un muro gris sin horizonte.
Miro por la
ventana. El vidrio está roto. A veces no siento frío. Ese paisaje impregna
diariamente mi retina. Busco algún retazo de historia que pueble mi memoria.
Mis sentidos se detienen en este mundo nuevo que habito. Lo rechazo y me seduce
a la vez
Dicen que hace tiempo estoy aquí.
Dicen que hace tiempo estoy aquí.
Me
encontraron una fría y soleada mañana de Agosto durmiendo en un banco del
Rosedal, cubierta con una capa de paño.
Tardé en
despertar. El guardián dió parte a la policía. Sirenas ensordecedoras se
acercaban mientras en mi interior vibraba fuertemente una
estampida de disparos, como si yo misma los ejecutase.
Pidieron mis documentos. No tenía. Preguntaron mi
nombre. No lo recordaba. Domicilio. Desconocía mi procedencia.
-“Sra. debe acompañarnos”-.
No opuse
resistencia. Un fatigoso interrogatorio y un destellante flash plasmaron mi
nueva identidad: “N.N”
Desperté
sobre una camilla vestida con un
trajecito rosa Chanel, zapatos de taco
negro de fina cabretilla y una blusa de seda.
Voces,
murmullos, imágenes borrosas. Mi mente era un blanco sin registro alguno.
Resonaban en mis oídos dos fuertes impactos de arma de fuego y ese sudor frío,
pegajoso, nuevamente recorría mis sentidos.
Miré a mi
alrededor. Una habitación gris, lúgubre, despojada de identidad alguna era mi
nueva morada.
Me levanté,
dirigiéndome hacia la ventana. Da al jardín trasero. Gruesas rejas la separan
del exterior. Quise revelarme. Huir. Traspasé el vidrio con un fuerte golpe de
puño. La sangre saltó a borbotones, coloreando mi ropa y cuanto estaba
alrededor.
No sé
cuanto tiempo dormí, no sé si es un sueño, no sé quién soy.
Dicen que he perdido la memoria. Solo resta esperar. Esperar que ese mundo de siluetas difusas, oscuras que me habitan ,dejen entrar la luz.
Diariamente
se repite la cita con el psiquiatra. Me siento frente a él. Lo miro. Me mira.
Toma su carpeta, la abre y repite lo ya dicho. Pregunta aquello que no tengo
respuesta alguna.
Vuelvo a la
habitación. Me siento frente a la ventana. Tiene el vidrio roto todavía, pierdo
la mirada largas horas frente a ella.
No sé
cuanto tiempo ha pasado, quizá haya envejecido. Sí sé que decidí morir bajo una
de las múltiples formas de hacerlo: permanecer en mi cuerpo vacío, mi alma se
ha ido hace mucho tiempo. Él carece de huellas, de rastros, de registros ,de
memoria. Mis ojos silenciosos observan esos
fantasmas ya familiares.
Anoche tuve
un sueño. Lo recuerdo con tanta claridad como si hubiera estado allí:
“Una tarde
de Agosto, llegué a mi casa más temprano del horario habitual. Me sentía feliz,
la noticia tan esperada se había confirmado. Deseaba estar deslumbrante. Subí a
mi cuarto. Abrí la puerta…Ahí estaban sobre la cama: entrelazados, desnudos, en
un coito inseparable, traicionero, desgarrador.
Sus rostros desencajados, sus
miradas desorbitadas, sus cuerpos inmóviles.
Mi amado Juan y Ana .
Mi marido y
mi única hermana.
La
sangre se deslizaba lentamente. Un débil
hilo llegó hasta mis zapatos de taco de cabretilla negra dejando una mancha
casi imperceptible.
Pausadamente,
sin molestarlos, abrí el placard. Saqué la blusa de seda negra italiana, que él
me había regalado en el último viaje. Me la puse, deslizándose con dificultad
por mi torso húmedo empapado de un sudor
frío, pegajoso.
Descolgué
el trajecito rosa Chanel, aún estaba con la funda de la tintorería. Es el que
mejor me queda, protagonista silencioso de importantes momentos. Me lo puse.
Miré mi figura en el espejo, retoqué el rouge de mis labios.
Abrí la
otra puerta del placard. Tomé la capa de paño, la acomodé prolijamente en mi
brazo izquierdo .
Al llegar a
la planta baja prendí el último botón del saco frente al espejo del ascensor…”
Septiembre de 2001
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