Estoy de regreso.No me fui de viaje, ni a ninguna parte.
He estado habitando silenciosamente mi persona y no está mal.
Tiempos, tiempos para pensar,para no exigirse nada más que estar con uno mismo, lo cual no significa aislamiento sino darse tiempos personales.Esos mismos que hacen florecer las plantas y madurar su fruto.
No somos muy diferentes a la naturaleza y posiblemente , sentirnos parte de ella nos haga un poco más humildes observando sus ciclos y respetando los nuestros.
Quiero regresar con un artículo que llegó a mi "casualmente".
Deseo compartirlo con ustedes , voces que hablan por nosotros en un profundo balance y deseo interior.
Un abrazo
Magdalena
"Necesito poco"
Artículo
publicado en La Vanguardia, escrito por la periodista y escritora española: Ángeles Caso
Será porque tres de
mis más queridos amigos se han enfrentado inesperadamente estas Navidades
a enfermedades gravísimas.
O porque, por
suerte para mí, mi compañero es un hombre que no posee nada material pero tiene
el corazón y la cabeza más sanos que he conocido y cada día aprendo de él algo
valioso.
O tal vez porque, a
estas alturas de mi existencia, he vivido ya las suficientes horas
buenas y horas malas como para empezar a colocar las cosas en su
sitio.
Será, quizá, porque
algún bendito ángel de la sabiduría ha pasado por aquí cerca y ha dejado llegar
una bocanada de su aliento hasta mí. El caso es que tengo la sensación –al
menos la sensación– de que empiezo a entender un poco de qué va esto llamado
vida.
Casi nada de lo que
creemos que es importante me lo parece. Ni el éxito, ni el poder, ni el dinero,
más allá de lo imprescindible para vivir con dignidad.
Paso de las coronas
de laureles y de los halagos sucios. Igual que paso del fango de la envidia, de
la maledicencia y el juicio ajeno. Aparto a los quejumbrosos y malhumorados, a
los egoístas y ambiciosos que aspiran a reposar en tumbas llenas de
honores y cuentas bancarias, sobre las que nadie derramará una sola lágrima
en la que quepa una partícula minúscula de pena verdadera.
Detesto los coches
de lujo que ensucian el mundo, los abrigos de pieles arrancadas de un cuerpo
tibio y palpitante, las joyas fabricadas sobre las penalidades de hombres
esclavos que padecen en las minas de esmeraldas y de oro a cambio de un pedazo
de pan.
Rechazo el cinismo
de una sociedad que sólo piensa en su propio bienestar y se
desentiende del malestar de los otros, a base del cual construye su derroche. Y
a los malditos indiferentes que nunca se meten en líos.
Señalo con el dedo
a los hipócritas que depositan una moneda en las huchas de las misiones pero no
comparten la mesa con un inmigrante.
A los que te
aplauden cuando eres reina y te abandonan cuando te salen pústulas.
A los que creen que
sólo es importante tener y exhibir en lugar de sentir, pensar y ser.
Y ahora,
ahora, en este momento de mi vida, no quiero casi nada. Tan sólo la
ternura de mi amor y la gloriosa compañía de mis amigos.
Unas cuantas
carcajadas y unas palabras de cariño antes de irme a la cama. El recuerdo dulce
de mis muertos. Un par de árboles al otro lado de los cristales y un pedazo de
cielo al que se asomen la luz y la noche. El mejor verso del mundo y la más
hermosa de las músicas. Por lo demás, podría comer patatas cocidas y dormir en
el suelo mientras mi conciencia esté tranquila.
También quiero, eso
sí, mantener la libertad y el espíritu crítico por los que pago con gusto todo
el precio que haya que pagar.
Quiero toda la
serenidad para sobrellevar el dolor y toda la alegría para disfrutar de lo
bueno.
Un instante de
belleza a diario. Echar desesperadamente de menos a los que tengan que irse
porque tuve la suerte de haberlos tenido a mi lado. No estar jamás de vuelta de
nada. Seguir llorando cada vez que algo lo merezca, pero no
quejarme de ninguna tontería.
No convertirme
nunca, nunca, en una mujer amargada, pase lo que pase.
Y que el día en que
me toque esfumarme, un puñadito de personas piensen que valió la pena que yo
anduviera un rato por aquí.
Sólo quiero
eso.
Casi nada.
O todo.
O todo.