Una gélida mañana de invierno llegué al
consultorio del psiquiatra derivada luego de mi divorcio con un estado
anímico diluviano, al que le faltaba el Arca de Noé.
Nunca entendí porqué uno no puede tomarse
sus tiempos de tristeza después de las pérdidas. Quizá , tanta filmografía
estadounidense de esplendor a
perpetuidad nos alejó de lo humano.
Había perdido mi trabajo. La oficina para
la cual trabajaba cerró sus puertas sin mayor
explicación que un vaciamiento de la empresa.
No era una “pobre mujer” abandonada sino, todo lo contrario, motivo
suficiente para cargar con las culpas
existenciales y cristianas.
Esa mañana llegué a la cita convenida. Toqué el timbre , luego
de unos minutos de reglamentaria espera, frente a mi mirada triste,
desolada se presentó el psiquiatra.
Alto, flaco, de facciones endurecidas ,
piel ajada con marcadas arrugas, elegantemente vestido y de modales victorianos
. Recordándome a la protagonista de una novela que decía: “la pulcritud de mi
amante es tal que podría comer los fideos en su trasero”.
Cita tras cita, tomada por la necesidad
femenina de protección y afecto, comencé
a imaginarme que ese ejemplar desabrido
, de escasas palabras e ínfimas demostraciones humanas era Antonio Banderas. Este espejismo, científicamente lo llaman “transferencia”,
por lo que me encontraba literariamente
dentro de los parámetros normales…
Poco tiempo tardé en “enamorarme locamente”(como
corresponde a esa especialidad).
Él que no estaba , en su sano juicio, dio curso suelto a mi imaginación. Posiblemente era la única paciente que se atrevía a confesarle mi amor engordando su ego.
Él que no estaba , en su sano juicio, dio curso suelto a mi imaginación. Posiblemente era la única paciente que se atrevía a confesarle mi amor engordando su ego.
Tres años duró este “tratamiento” en el
que transferencia va y contratransferencia viene no miré a un solo hombre por
la calle ; “mi amor sublime” estaba entre las cuatro paredes de su lúgubre
consultorio. Allí se concentraba todo mi potencial femenino, mi imaginación,
mis deseos , esperando ansiosa la próxima
cita.
Él jamás se apartó de su mecánica y programada conducta científica
, formado en una institución de status académico de renombre. Solo yo me
sentía Melanie Griffy frente a Antonio
Banderas.
Tres años de abstinencia, de “clausura”,
solamente entregada a mi imaginación.
¡¡¡Qué
basta imaginación poseo!!!
Finalmente decidí “no curarme” de la
tristeza por la que había consultado , a
esa altura era un teórico
onanismo en nombre de la salud mental .
Dejé el “tratamiento” para salir al mundo
no tan científico, menos terapéutico y más saludablemente real.
Mi abuela me decía: “hay amores que
matan”
me dio la sensación de que en tus relatos se escapa cierta agresión del personaje, a vaya saber qué.
ResponderEliminarSi conocés algo de psicología, podrías estar pensando que cuanto escribís, viene de vos, creo
que el personaje de tus dos escritos, no tiene ninguna gana de mezclarse con lo carnal, ni de modificar nada de sus adentros. Me preocupa la imagen que dejás de una ciencia, qué a muchos les es útil. Obvio, soy profesional en ese terreno. Me preocupa como puede influir en quien lea esto, sino tiene suficientes elementos, y se encuentra con alguna problemática que le sensibiliza al respecto.
Deberías ser más cuidadosa en este sentido del otro.
Y para hablar con cierto dejo de ironía del Dr. Freud, creo que, al menos tendrías que leer su obra un par de veces, y por sobretodo entenderla.
Gracias por permitir opinar, eso sí me pareció muy bueno.
Estimado Anónimo,
ResponderEliminarmuchas gracias por opinar profesionalmente.
Mis relatos distan mucho de lo profesional y de un fundamento ciéntifico como el tuyo.
Los personajes no siempre responden a la realidad, ni se me ocurre analizarlos psicológicamente sobre cuáles son sus deseos carnales e internos, eso corresponde a profesionales de la salud mental y específicamente en un espacio terapeútico individual y privado.
Quedate tranquilo que ,no creo influyan mucho en quién los lea, seguramente sabrá distinguir la ironía de reírse de uno mismo y de ciertas situaciones exageradas .
También te dejo en claro que la ciencia y sus profesionales no solo tienen para mí, una imagen de excelencia sino el mayor de los respetos.
Eso sí, no leeré las obras de Freud, no creo sea condición indispensable para una ironía, me basta con que mi querido y respetado terapeuta las haya leído un par de veces y entendido.
Puedes dejar tu nombre y apellido real.
Respeto y agradezco tu comentario.
Un cariño
Magdalena
A mi el cuento me gustò. Es irònico y escrito con una prosa màs que agradable. Lo que llama la atenciòn es que un profesional de la Psicologìa se "preocupe" por la imàgen de la ciencia de la psicologìa por un cuento... Creo que nadie duda de las bondades de la psicologìa cuando està llevada adelante por profesionales capaces... lejos està el escrito de Magdalena en generar alguna controversia respecto a la psicologìa... al menos en mi modesta opiniòn. HORACIO IANNELLA
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